miércoles, 6 de marzo de 2019

El sufrimiento como afrodisíacos

Mirando una pantalla, su cerebro se acostumbró a que la gente no era gente, sino pedacería que sólo sirve para dar placer

El 11 de febrero de 2016, el actor Terry Crews se volvió una tendencia mundial en redes sociales por lo que él mismo llamó “su sucio secreto”, en una inesperada transmisión en vivo desde su cuenta de Facebook: su lucha, en silencio, por recuperar una vida perdida tras seis años de adicción a la pornografía.

Por cinco largos minutos con 18 segundos, Crews le puso un inesperado rostro a esta nueva adicción: un hombre afroestadounidense, heterosexual, exitoso, millonario, con esposa y cinco hijos, admitiendo su derrota personal ante miles de sitios de internet supuestamente inofensivos.

Su confesión fue una sacudida que originó un tsunami de dudas: ¿cómo está la pornografía moldeando a nuestras sociedades? Él dio una pista al reconocer que la pornografía le había afectado su visión acerca de las personas. Mirando una pantalla, su cerebro se acostumbró a que la gente no era gente, sino pedacería que sólo sirve para dar placer.



En la Cumbre Sé Libre que llevaron a cabo Josh McDowell y Fermín García, en septiembre del año pasado, participé para hablar de la relación que existe entre la pornografía y la trata de personas. Comprendí, al escuchar cifras aterradoras, por qué la indiferencia de clientes que compran niñas y el crecimiento de violencia al saber que 90% de niños y adolescentes han visto pornografía y son los mayores consumidores entre los 12 y 17 años.

En 2014, la Asociación Médica Americana publicó en su revista JAMA su investigación original “El cerebro del porno” que validaba, entre otras cosas, que los jóvenes expuestos a la pornografía rápidamente buscaban materiales más violentos e ilegales, al tiempo que reportan un deseo creciente de llevar a la realidad ese tipo de pornografía agresiva.

El Instituto para el Desarrollo Humano Max Planck, con sede en Alemania, publicó en 2017 los resultados de un estudio que concluyó que cuánto más pornografía se consume, más se deterioran las conexiones neuronales. Generar una adicción, afecta la autoestima y desensibiliza frente a la violencia.

Uno de los sitios pornográficos más consultados en el mundo tiene más de 595 mil 492 horas de video; tomaría más de 68 años verlos en su totalidad. Las tres búsquedas más comunes — “lesbiana”, “japonesa” y “ebony”— arrojan que violaciones tumultuarias y torturas tienen más reproducciones, si el daño se inflige en jóvenes aniñadas.

También hay mentes legales discutiendo este tema: en agosto de 2018, la SCJN avaló sancionar la producción, comercio y distribución de pornografía como una forma de explotación a la que se someten las víctimas de trata de personas. Entre los más afectados hay dos millones de niños y niñas utilizados en la “industria del sexo”, según la UNICEF.

A la vista de la evidencia científica y legal, alzamos la voz para que se considere a la industria pornográfica como una actividad que representa un riesgo real contra mujeres y niñas.

Una industria que mira al sufrimiento ajeno como afrodisíaco.


Referencia: 

Artículo vía @rosiorozco (Twitter)

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